De lo que no he vivido y extraño, es un vuelo al caer la noche, como piloto de correo. Cruzando los Andes. Figura romántica, donde cada turbulencia es una pelea contra la muerte. Pienso en los finales de los 30, no en hoy. Pienso en esos compañeros de vuelo nocturno, dónde no se comparten conversaciones para explicar cosas, que definitivamente están demás. Se comparten silencios, respiraciones solitarias acompasadas, que determinan la pequeña y diáfana barrera contra la muerte.
Donde la carga son cartas, mensajes.
Esa noche indeterminada, que pueden ser muchas noches, de trabajo en Aeropostale.
Pienso en ese vuelo sobre los Andres y me siento feliz, más plena que desde mi escritorio y con mi copa de vino y mi cigarro. Cierro los ojo y allá en ese espacio soy más yo... Los Andes biográficamente han sido la frontera y el punto de giro. Cada vez que he cruzado la cordillera no ha sido simple, han sido grandes hitos.
Ahora estoy en el lado seguro, pero quizás soy como personajes de Wim Wenders. De aquellos que son más felices en el tránsito y cuando la quietud llega no saben como comportarse. Porque soy de la raza que fueron criados en alerta, en movimiento permanente.
Escribo, no porque sea una gran narradora, ni por que quiera serlo, simplemente para llevar la bitácora de vuelo. El nocturno Nº2 de Chopin es estar en tierra. El salón, todo lo añorado expresamente. La melodía que tocaba mi padre en piano y eso le permitió ser el novio de mi madre. Toda la nostalgia contenida, desparramada. La melodía de lo perdido y reencontrado. Y el ser feliz con la absoluta consciencia de lo efímero, que la felicidad puede ser sólo un momento.
Para luego volverse Bach. Para reconocer todo. Para verse en lo amado, para sostenerse en la creencias, en la belleza absoluta que no admite sino una entrega completa en tiempo presente. Para terminar en una armonía abierta, con una pregunta feroz y melódica. Y seguir el viaje.
Ahora cierro los ojos. Voy sobre los Andes, tan infinitamente bellos...
No me digan que sea valiente, porque ya saben bien que lo soy. No me digan me no ponga triste, porque también merezco la oportunida de derramar un par de lágrimas alguna vez. Díganme que aprenda de dejar de estar en tránsito, porque mis metamórfosis son tan feroces que me obligan incluso al movimiento geográfico. Ya tengo un par de destinos elegidos para volver a emprender el vuelo.
Indíquenme un lugar dónde un nómada se pueda volver sedentario. Porque al final de todo el cansancio, mi cansancio, el vuelo nocturno lo aplaca. Sobrevolar las tumbas marca la diferencia.
Esta noche soy un piloto de correos de Aeropostale, al final de la segunda guerra, en un vuelo nocturo, solitario, que cruza los Andes. Extraño a mi amigo Jean Mermoz sumergido en algún lugar de Atlántico... y a todos aquellos que ya no están cerca.
PD. 1: Que me perdone la contingencia, pero tengo que resguardar mantener la altitud.
PD. 2: Bella carta de despedida de Ray Loriga a su amigo José Berlanga. Ojalá uno siempre se pudiera despedir de esa manera.

1 comments/write to me:
Imagino a esos pilotos de Aeropostale de los años 30 en los cuales era mucho mas heroico volar.
Les imagino jugandose la vida mientras llevan el correo de personas que no conocen a personas de las cuales tampoco sabian de su existencia.
Cartas de esperanza, tal vez de desapego, inocentes, sublimes...
Les imagino pensando si vale la pena...
Post a Comment