Quizás es uno de los post más personales que he escrito:
Ahora que los días de luto van pasando, puedo escribir del tour de force por la infancia en que caí luego del entierro de mi abuela. Porque en los laberintos de la memoria no hay barreras de contención.
Miro como se escapan las palabras en la pantalla, me hace bien, la escritura fluye, la voz no.
He visto el amor tranquilo y gratuito en los movimientos de mi abuelo. En la solemnidad con la que ha existido, en la impecabilidad de no arrastrar amargura alguna, a pesar de las miles de razones que tendría para ello.
Espero haber heredado algo de eso, pero tengo 55 años menos y soy aún un cachorro herido, rabioso que le cuesta saber de la generosidad absoluta. Soy simplemente una observadora atenta que como perro de caza sigue ciertos ideales, pero pierde el rastro al entrar en el bosque. Soy un invento nuevo que trata de conciliar lo correcto con la bondad. Y no funciona siempre…
Vuelvo a la infancia una y otra vez estos días, miro esa adolescencia y agradezco la presencia permanente y cariñosa de mis padres, de mis hermanos, de mis amigos. Antes y ahora.
Siempre me estuve yendo. De la casa de mis padres, del colegio, de la carrera del país… y un día volví con la absoluta certeza que Chile es el lugar dónde quiero estar. Parafraseando a Goyencehe ( y a mi Piazzolla, también como mi mar ;)) "Vuelvo y quiero al Sur,
su buena gente, su dignidad,
siento el Sur...
Te quiero Sur,
Sur, te quiero".
Ahora estoy en ese trabajo que es el regreso. A Ulises le costó y a mi, una pinche humana, sin dioses favorables de por medio, me cuesta más. Este es el primer entierro desde mi regreso.
Mientras escribo esto, mi amigo J. me avisa desde el Chat que está en el aeropuerto desde Ecuador. Que necesita una sobredosis de Chile y yo le prometo que lo ayudaré a encontrarla.
En la semana emocionalmente más brutal desde mi regreso, tuve la oportunidad de participar de la obra artística de una amiga, trabajar con ella. Ver el infinito amor con que trataba su pasado, la ternura con que transmutaba historia por obra. Doy gracias B. por la oportunidad de estar cerca.
También agradezco G. que sin darse cuenta (o quizás si) estuvo tres días conteniéndome y paseándome por las calles de Santiago. Evitando que la tristeza absoluta aflorara y me rebalsara convirtiéndome en un ser inoperante. Eso y un par de cosas más igual de importantes, me dan la absoluta certeza de que no hay un lugar en mundo dónde quiera estar más que aquí.
Miro el reloj y lo que me queda es trabajar, trabajar, que es único mantra que conozco, por ahora. Eso me sana…
PD : Pensaba que este Post iba tener de banda sonora a NIN "The Hand that feeds", pero en realidad es Marillion, mi infancia…. Misplaced Chilhood.
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